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lunes, octubre 23, 2006
Plaga I
Corrí. Corrí. Corrí hacia delante. Sin objetivo. Sólo corrí. Corrí. Corrí. Corrí por miedo. Corrí por salvar mi vida. Los sentí detrás, de las misma manera que ellos me sintieron a mí. Corrí. Las ramas arañaron mi cara. Las aparté. Da igual. Sólo quería correr. Correr para huir. Corrí.
De pronto, el bosque a través del cual huía, se acabó. Tan de repente que me quedé anonado durante unos segundos. Delante de mí se extendía una carretera. Dos carriles en cada sentido; un par de quitamiedos en ambos lados y en el centro; una media docena de coches en los carríles más alejados a mí. Todos huían. La media docena de coches estaban en distintos estados de conservación. Los dos primeros había chocado, bloqueando a los demás. Las puertas abiertas indicaban que tan rápido como habían chocado habían huído del lugar. También los perseguían a ellos.
La luna se alzó tras de mí. Recordé que yo también era persegudido. Me acerqué al coche más cercano y me metí dentro. Cerré las puertas. Busqué la llave y... ¡Sí!¡Seguía puesta! Intenté arancar el motor. Sonó, pero no arrancó. Insistí y obtuve el mismo resultado. Entonces, aparecieron.
Eran tres hombres, dos mujeres y una niña pequeña. Los tres hombres llevaban un unidorme azul, como de albañil o algunos electricistas. A uno de ellos le faltaba un brazo y dejaba a su paso un reguero de sangre. Era reciente. Otro de los hombres tenía la cara destrozada. Le faltaba todo el lado izquierdo: El ojo era una masa que chorreaba por el pómulo desnudo y ensangrentado. Su abdomen estaba destrozado. Habían intentado devorarle las tripas. El tercer y último trabajador tenía el pecho abierto y se podían observar sus órganos vitales, ya detenidos. Las mujeres no presentaban mejor aspecto. A una de ellas le faltaba media pierna. De rodilla hacia abajo sólo tenía un hueso que le ayudaba a manterse en equilibrio. Iba vestida con una minifalda y una camiseta corta que mostraba su pálido abdomen. No aparentaba más de veintiseis años. La otra mujer era mayor, aunque no parecía tener más de treinta años. Vestía un uniforme del McDonald's. Tenía la blusa abierta y le faltaba, literalmente, medio abdomen. No hacía falta agudizar mucho la vista para ver a través de sus tripas lo que tenía detrás. Al ver al último zombie palidecí. Empecé a temblar. La niña iba vestida con un uniforme de colegio. Tenía medio pecho abierto, de manera que se habían comido su corazón y pulmones. Reconocí su cara. La niña, de unos nueve años, era mi sobrina.
He de decirlo. Aquel cadáver putrefacto me desoló aún más de lo que estaba. ¿Cómo había podido pasar eso? ¿Por qué ella? ¿Habría sufrido? ¿Seguiría sufriendo? Realicé una plegaria por ella y salí del coche como una exalación por la puerta de la derecha, alejandome lo más posible de los putrefactos cadáveres. Volví a empezar a correr y volví a internarme en el bosque. Y volví a correr. Corrí y corrí, pero mi carrera se vió zanjada por un accidente. Me caí. Tropecé con una roca. El camino era estrecho, angosto y empedrado. Las ramas ya empezaban a invadir el terreno. Realmente, no me sorprendió el caerme. Los oí. Escuché sus pasos. El lento arrastrar de sus pasivos pies. Paso lento pero seguro. Los ví aparecer a pocos metros de mí. Me puse en pie. Me dolía. Mucho; tanto que a pesar de lo desesperado de la situación no pude correr. Me prometía a mi mismo vender cara mi vida. Recogí la roca con la que había tropezado y se la lancé a los muertos. La roca golpeó a la mujer a la que le faltaba la pierna, la más cercana, que cayó. Se oyó el sonido de huesos al romperse. El brazo le colgaba inerte, pero eso no detuvo su carrera. Recogí otra piedra y la lancé. Esta acertó al trabajador del pecho abierto en la herida quedó enganchada. Miré a mi alrededor y detecté una rama de considerable tamaño pero manejable, que en el acto recogí. Ya tenía mi arma. La mujer en el suelo era sorprendentemente la más rápida. Ya estaba a poco más de un metro de mí. No sé si sería lo deseseperado de la situación o una repentina subida de adrenalina, pero un profunda furia hacia estas criaturas me estaba poseyendo. Salté sobre la espalda de la mujer y golpeé su cabeza con la rama. Un sonido sordo y seco confirmó que le había roto el cráneo. Un reguero de sangre de un color negruzco resbaló desde su nuca. Un segundo zombie, el del hombre sin cara, se abalanzó sobre mí. Sus manos rodearon mis hombros y acercó sus mandíbulas con dientes amarillo oscuro a mi cuello. Su saliva verdosa y hedionda me resbaló por el pecho. Lancé un rodillazo hacia su abdomen. A pesar de tener la certeza de que no lo iba sentir, cumplió su propósito. El zombie dobló el cuerpo y dejó expuesta su cabeza. La destrocé con un golpe de la rama. Lancé el cuerpo hacia los otros zombies y derribó a los dos hombres que iban detrás de él. Me sentí el rey del mundo. Nadie podía conmigo. Grité al último zombie que viniera si tenía valor. Entonces, sentí el mordisco. No fue especialmente doloroso. Lo doloroso fue ver a mi sobrina, mi ojito derecho, ensañarse con mi pierna. Como si no fuera yo, ví como la sangre resbalaba de mi pierna. Levnató la cabeza hacia mí con un trozo de mi propia pierna aún entre sus dientes. Engulló el trozo. Sentí el más profundo asco al ver a un ser tan humano tragar un trozo de carne. A eso tuve que añadir que era capaz de reconocer el rostro de mi asesino.
Incapaz de hacerle nada, salí corriendo. No, a pesar de en lo que se había convertido, a pesar de lo que había echo, era incapaz de atacar a mi inocente sobrina. Porque ya no era ella. Ahora era un monstruo. Con lagrimas en los ojos, seguí corriendo. Corrí. Corrí. Al poco tiempo, me dí cuenta que no sentía ni el tobillo ni la pierna. Eso significaba que ya me estaba transformando en uno de ellos. Mis terminaciones nerviosas ya estaban empezando a desgastarse.
Y llegamos aquí. Ahora mismo estoy sentado en una casa de campo. No sé a quien pertenece, si es que todavía está vivo. Pero da igual, ya que no hay nadie, vivo o muerto. Escribo con una pluma "prestada" en papel de carta también "prestado" estas palabras. Quiero que alguien sepa que existí. Que no soy un nombre en un registro. He escrito todo lo que recuerdo. Me imagino que cuando lo olvide todo sólo seré uno más de ellos. Cuando termine de escribir estas palabras, guardaré esta carta en un sobre y guardaré el sobre en algún sitio de esta casa con la esperanza de que alguien lo encuentre. Y ya me despido. Adios, seas quien seas, que lees mis palabras.